23 de abril de 2009

El vuelo de Majnún

 

majnun

 

 

 

Junto al camino, en la entrada del pueblo, una estela de piedra:

“Aquí dejamos constancia del infortunio que atormentó a quien en algún lugar yace; por el alma de Majnún, que no pudo, o no supo, alcanzar el cielo”.

 

Esta historia no debería tener en realidad un narrador, –me comenta Musafir.

Que no debería de haber acontecido ningún hecho desafortunado que manchase el plácido y tranquilo devenir de las cosas en este pequeño pueblecito de gentes sencillas y trabajadoras…

 

-¿Qué fue lo que pasó?, –acierto a preguntarle a Musafir.

Amigo mío, hace tanto tiempo de aquello…

¿No ves cómo está de desgastada la piedra?; apenas se reconocen en ella las palabras labradas…

 

Sí, pero la gente recordará, supongo…

Y Musafir, tomando aire, ceremoniosamente, señala hacia las montañas lejanas:

-¿Ves los picos que asoman altivos en la sierra?

-Sí, -le respondo.

Ellos, y los traicioneros vientos de poniente… ésos, fueron los actores que aniquilaron la ilusión de Majnún.

 

-Maestro Musafir, no consigo entender…

 

Y Musafir, al fin, empieza el relato:

 

-En aquella época, el hecho de que uno de los habitantes del pueblo tuviera los ojos azules, ya era algo llamativo, pero desde luego, no era una excepcionalidad. Todos los pobladores de esa región hacía años, (si no generaciones), que habían entrado en contacto con las comunidades de las ciudades de comerciantes del norte; más altos, de piel y ojos claros y, según todos los estudiosos, más civilizados y cultos.

-Bien, pero, ¿qué tiene que ver esto con Majnún?, Musafir; –le interrumpo.

 

Verás, Majnún no era originario de la región. Él era descendiente de aquellos pueblos norteños, y al parecer, heredó de ellos su inquietud por la ciencia y el conocimiento.

Siempre atareado en las labores de ayudante de su padre, en la carpintería, no desaprovechaba la ocasión para, en un rato libre, empezar a imaginar artilugios de las más variopintas formas y cometidos: Que si una máquina para calentar el horno automáticamente, que si un sistema para elevar el agua del río hasta las azoteas de las casas… en definitiva: todo un genio.

 

Pero un día, sentado al pie de la vereda, junto al río, y mirando hacia las montañas, observó el vuelo suave y preciso de las aves. Aquello le hizo reflexionar…

Volar… el sueño de todo hombre, desde el origen del mismo. Como un pájaro.

 

Noches y días, robando tiempo al mismo descanso, para concebir un artilugio, que ayudara al hombre a volar… como un pájaro. Esa era la obsesión de Majnún.

Atravesar las montañas; ver qué hay más allá. Apenas unas decenas de kilómetros eran, en esa época, más que un simple viaje.

Plumas de ave, cera, cola de carpintero…

Un bastidor de madera, cogido cual arnés al cuerpo desnudo, y todo lo demás combinado con ingenio. Esa era la receta que Majnún esperaba que surtiera efecto: Quería volar.

En el pueblo, los comentarios empezaron a hacerse llamativos:

-¿Volar? ¡qué locura! Dios no le dio alas al hombre, para poder volar…

Ese era el sentir general de la gente. El cura del pueblo, no mejoraba la situación:

-Majnún, el hijo del carpintero, como nuestro mesías, que estás desafiando las leyes de Dios… ¡Eres un verdadero loco! y como sigas así, ¡tendrás tu castigo divino! –Así se desahogaba el párroco cada domingo en su homilía.

Los contrariados padres de Majnún no comprendían la cabezonería de su hijo; cierto que algunos de sus ingeniosos inventos funcionaban realmente, pero esto… volar lo veían algo imposible, y estaban preocupados por él.

 

Pero Majnún no cejaba, y con cada nueva burla y desprecio por parte de sus vecinos, más claro tenía que quería empezar su viaje.

 

¿Qué razones ocultas pueden llevar a un ser humano prácticamente a su destrucción anunciada…?

Majnún calla hoy como calló entonces. Las semanas previas a su puesta en escena, fueron días de silencio entre Majnún y su familia; ya hacía tiempo que los habitantes del pueblo le habían retirado casi el saludo.

Las malas lenguas, dicen incluso que el pobre Majnún se pasaba horas y horas enteras, por las noches, junto al río, mirando embelesado a sus montañas… esas que quería a toda costa superar.

Majnún, el incomprendido loco, que casi embriagado como un pobre enamorado, buscaba no sabemos qué, en otros valles lejanos…

 

Llegó el día. Mejor dicho, la noche. El temor a que los vecinos lo detuvieran en el último momento, hizo que la partida se preparase al anochecer, y el intento por escapar de su valle, de su aldea, se programase para antes del alba.

Así fue. Majnún estaba convencido. Se ató el arnés recubierto con las plumas de ganso y oca sobre las varillas de madera, y ascendió la pequeña colina que hay junto al lavadero. Allí pensaba Majnún que los vientos nocturnos, justo antes de la amanecida, lo impulsarían valle abajo, para remontar el vuelo en mismo límite entre el prado y  el murete sobre el río. Todo meticulosamente calculado.

 

El guión se cumplió. Majnún, alado cual Ícaro mitológico, se lanzó desde la colina, valle abajo.

Justo antes de llegar al puente que salva el río, efectivamente, un soplo de aire empujó a Majnún hacia el cielo.

¡Volaba! ¡Majnún estaba realmente volando!

El alba ya se anunciaba. Las cumbres de sus anheladas montañas, lucían del color del oro.

Aire limpio; ni una nube. Abajo, quedaba el pueblo. Los campos ya vestidos de verde primaveral, eran preciosos desde esta perspectiva.

Cada vez más alto; más lejos. Los pájaros se asustaban ante tamaña ave; Majnún parecía planear, acariciado por corrientes de aire que lo elevaban cada vez más.

 

-¡Allá voy, por fin! –¡Espérame, tan sólo las cimas de las montañas nos separan ya!

 

Llegando estaba Majnún a sus montañas; su frontera; buscaba lo desconocido más allá. ¿O quizás no?

¿Por qué gritaba Majnún “¡espérame!” con total excitación… ?

¿Acaso, alguien al otro lado, en verdad, lo esperaba…? ¿O simplemente era una expresión retórica, fruto de la emoción del momento?…

 

 

-No te puedo responder ahora a estas incógnitas, amigo; –me dice Musafir. –La historia entra en su parte final.

-Yo, que llevaba todo el rato callado como un buen oyente, apenas murmuro con aprobación.

 

-Verás, prosigue Musafir, –algo horrible estaba a punto de suceder.

Majnún volaba, hacia su destino. Los rayos del sol empezaban a lamer las laderas de las montañas, que se acercaban más y más a Majnún. Y las corrientes de aire nocturno que habían elevado a nuestro águila hacia el cielo, perdían fuerza.

El planeo suave y exitoso, empezó a perder viveza. Majnún perdía altura. Las montañas, ya no a la vista en la lejanía; sino más bien bajo sus pies. Cae cada vez más pronunciadamente. Y el instinto le hizo una mala pasada:

Majnún empezó a aletear; cada vez más enérgicamente; intentando hacer funcionar unas alas que no habían sido concebidas realmente para ello. Presa del pánico, Majnún ve como literalmente sus alas se desintegran; ausencia de viento; el calor del sol mañanero… y plumas descolgadas de su arnés; la cola de carpintero, derritiéndose por el calor del día y el sobreesfuerzo del batir de las alas…

Al final, un armazón de madera, pesado, sobre sus espaldas. El vacío negro, infinito. Un abismo que engulle las ilusiones de Majnún. Una garganta de un gigante enfurecido que se traga el deseo de atravesar las montañas.

Imposible dar ni tan solo la vuelta. Majnún se pierde en el abrazo mortal de unos riscos afilados que no perdonan la caída desde los cielos.

 

 

-Como el Angel Caído, así fue castigado Majnún por su osadía. -Las palabras hoy más hirientes que nunca del cura, se meten en los oídos de los sufridos feligreses.

-Majnún desafió a Dios, hermanos y hermanas… y Dios, le ha castigado por ello.

 

La parroquia no emite ni un solo sonido; ni una voz que disienta… nada.

La ceremonia en recuerdo de Majnún deja a todos sumidos en el silencio más clamoroso si cabe. Casi un juicio, más que un homenaje…

Vecinos del pueblo y de los alrededores se acercan a expresar sus condolencias a los familiares de Majnún. Ritual escenificado años y años…  aunque no conocieran de nada al pobre Majnún, ni a su familia… pero el teatrillo del duelo colectivo, que no falte.

 

Tras esta procesión de falsas condolencias, alguien, discretamente, se acerca a los padres de Majnún.

Nadie ha reparado en la figura de este personaje, a pesar de que va tapado de arriba abajo con una especie de túnica con capucha. No se le ve ni la cara… apenas los pies o las manos.

Frente al padre de Majnún, pero con la cabeza gacha, el misterioso personaje le entrega una especie de sobrecillo que lleva en el bolsillo.

-Señor, me envían para que justifique las dudas que acertadamente tenéis.

He caminado jornadas enteras sin descanso para arribar a tiempo…

Vengo del valle, más allá de las montañas que vuestro hijo no logró atravesar…

 

-¿Pero, quién es usted? –con lágrimas en los ojos apenas acierta a pronunciar el padre de Majnún.

-Eso no importa ahora; –leed la carta, y desaparecerán vuestros desvelos; –yo he cumplido así mi misión, y parto ya a mi país.

Y, sin apenas notoriedad, el personaje misterioso, se aleja por la capilla, entre sombras, y desaparece.

 

Al día siguiente, se produjo el entierro, por decirlo así. (Al pobre Majnún, realmente, no llegaron a encontrarlo). Tan sólo los restos del arnés, aún medio cubierto de plumas, fueron encontrados por un pastor que deambulaba por aquellas laderas lejanas.

 

Y así fue como se enterró, bajo una estela de piedra que recuerde al muchacho, los restos de Majnún. No pudo ser en el cementerio, precisamente por no haberse encontrado físicamente el cuerpo, y porque, una vez más, el párroco se negó a dar sepultura a unos trozos de madera cubiertos de plumas y cola de carpintero…

 

-Pero, Musafir, ¿qué pasó con la carta? ¿Se aclaró algo?

¡Ah, amigo! –cierto es.

 

El padre, días después, se atrevió a leer por fin tan extraña misiva.

No le devolvió desde luego a su hijo, pero hizo que comprendiera todo: los anhelos de su hijo; su obsesión por atravesar las montañas… su deseo casi imposible de volar…

Comprendió, entonces, que las ganas de volar no eran tanto físicas, sino más bien mentales. Una necesidad de dejar atrás ese pequeño universo de mentes más bien encogidas y acartonadas.

 

-No entiendo nada, Musafir.

 

-Amigo mío, está muy claro: Majnún estaba cansado de la vida de su pueblo; de la falta de inquietudes de los habitantes de su comarca… ¿Recuerdas? él procedía de los pueblos del norte. Y nunca perdió el contacto con ellos. Se escribía periódicamente con gentes del otro valle, más allá de las montañas. Intercambiaban conocimientos, vía cartas.

Esas fueron las cartas que descubrió el padre de Majnún, tras leer las indicaciones que aparecían en la última que recibió de aquel ser extraño que se personó en la iglesia…

Todo: desde conocimientos científicos, como dibujos, y esquemas de parte de sus inventos; teorías matemáticas sobre la potencia del vapor y los fenómenos adiabáticos… pasando por debates filosóficos, éticos y morales… que desde luego le hacían ver la vida desde otra perspectiva a la que el sentido religiosos de sus vecinos lo tenía acostumbrado. Majnún no encajaba en aquella sociedad…

 

-Pero, sólo por eso, decide casi exponerse a la muerte… ¿de qué huía? –le pregunto a Musafir.

 

No, no fue la huída lo que impulsó a Majnún a salir de su pueblo. Fue la idea del “encuentro”.

 

-A ver, explícate, Musafir.

 

-Amor, amigo; amor; que después de ciencia, y conocimiento filosófico, es lo que en realidad pierde las conciencias de los hombres…

Majnún se marchó por amor. Días, semanas, años… escribiéndose; esperando con verdadera devoción una carta que, de manera furtiva, llegaba traída por un emisario anónimo cada noche de lunes. Cuando todos pensaban que Majnún descansaba, perdido junto al río; cuando los vecinos le veían cómo se quedaba embobado como un loco mirando hacia sus montañas… Majnún se mordía las ganas de recoger las preciadas cartas que le escribían desde el otro valle, y entregar a cambio, las suyas.

 

Majnún se sentía poderoso; sabio; quiso sorprender a la persona que amaba, con un encuentro digno de sus capacidades científicas; deseaba poner en práctica todo aquello que había aprendido durante el meloso carteo con esa persona amada del otro lado de las montañas…

Pero salió mal; un último cálculo mal hecho; precipitación; un viento que falló al amanecer… quién sabe ya…

Majnún no llegó a atravesar la barrera que fue infranqueable para él. Sus montañas, al final, le privaron de llegar a alcanzar siquiera con los dedos, su meta; su destino.

 

Quizás, no sólo fueran los ojos azules de Majnún los que le diferenciaban en realidad del resto de sus vecinos…

Su capacidad e inteligencia superior a la de los suyos queda fuera de dudas. Pero lo que le igualaba con ellos era precisamente, su condición humana. Y los sentimientos, en este caso, prevalecieron sobre la razón.

 

Así fue como Majnún, llamado el loco por sus vecinos, murió en sacrificio presentado ante sus queridas montañas; por un amor localizado más allá, tras la frontera de cumbres inalcanzadas que aunque nunca llegó a sobrepasar con la mirada, sí consiguió mediante las letras de sus cartas.

 

-Y así acaba la historia, que como te dije al principio, nunca debió tener un narrador. O por lo menos, no debería de haber sido contada tal y como yo lo he hecho esta noche…

 

 

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5 comentarios:

nimue dijo...

oooh! quina història tan trista...
Espere que el nostre vol tindrà un final més afortunat ;)
Una abraçada, bonic!

Musafir dijo...

Ja veus, Nimue...
De vegades Musafir em conta unes històries dels personatges que es va trobant pel seu camí, que em fan reflexionar prou sobre la condició humana...
Besets, preciosa!

Adrián dijo...

Una historia preciosa que plasma los anhelos de alguien que no se siente en su lugar. Alguna vez todos nos hemos sentido de esta manera, ¿no?

Saludos, y te iré leyendo :)

Musafir dijo...

Bienvenido, Adrián!

Pues sí, como dices, Musafir nos cuenta una vez más aquello que todos conocemos: la angustia de estar desubicado, mental o físicamente.
No siempre el vuelo acaba mal...

Saludos; yo encantado de que me vuelvas a visitar :)

helenna dijo...

No se com he vingut a parar a casa teva, espero que no t'importi.
Una història preciosa... Et llegire.

Bitácora de un navegante

Aquí está esta bitácora de un pequeño "navegante" más bien virtual que real; aunque ganas no me faltan ;-)) Musafir y yo tenemos un pequeño pacto: él vive las historias, y yo se las escribo, añadiéndole un poco de magia, si se le puede llamar así. Por lo demás, Musafir es de Castilla, aunque desde los 5 años aprendió catalán.