15 de diciembre de 2008

Siete años en el Tíbet

 

nieveaitana

 

Siempre me congela la sorpresa del invierno que, a pesar de cambios climáticos y protocolos de Kyoto, viene estos últimos años antes de lo previsto.

 

Musafir recibe el viento del norte; seco, entumecedor; casi como una tarjeta de presentación del mal tiempo que así se autoinvita.

 

Como siempre, (le dicen los mayores del lugar), que no se recuerda tanto frío en esta costa templada. Que diciembre siempre ha sido aquí, incluso, mes de segunda floración del rosal; y que el hecho de que florezca la hiedra también en diciembre ya era algo que sólo sorprende a los urbanitas de capital.

Pero Musafir, un año más, está de celebración. Esto me lo cuenta junto al paseo marítimo, encogidos los dos bajo el manto cálido de nuestros abrigos. Hasta la bufanda de chillones colorines que le regalaron en un absurdo juego del "amigo invisible" años atrás está hoy contenta de ceñirse al cuello de Musafir.

 

Cerca del mar; de nuevo. Embravecido por la tramontana; Recordando otros vientos; y otros mares... acaso otras montañas nevadas, como la preciosa estampa que nos muestra  nuestra sierra, completamente nevada, y que se ve hoy desde la playa.

 

-¿Cuánto hace ya, Musafir? -le pregunto.

Musafir se levanta el cuello del abrigo y se encoge de hombros.

-¿Ves la montaña?, me inquiere. -Este año, ya es la segunda vez que la veo nevada. Y aún no ha empezado el verdadero invierno.

Hace años, estuve lejos. País montañoso también; pero no tenía mar. Ellos no disfrutaban de esta maravilla. A pesar de que la nieve era allí más habitual -¿entiendes?

 

Callo completamente. No descifro el mensaje de Musafir.

Pausadamente, caminado frente a la playa, en silencio, y sin un alma a la vista. Ni las gaviotas revolotean sobre la espuma del agitado mar.

 

Por fin, tras un largo silencio, Musafir empieza a hablar:

 

-Fue un año blanco; (morado y blanco, diría). Vamos, otro invierno frío y helador.

El techo del mundo lo llaman, muchacho; el techo del mundo. Me preguntarás, (seguro), ¿qué narices hace un marinero en lo alto de una montaña?

 

Yo, remetidas ya en mis bolsillos las manos adormecidas por el viento, no me atrevo a preguntar, en cualquier caso, y aguardo a que Musafir me saque de dudas:

 

-¿Sabes qué se siente cuando llegas a un país donde literalmente, se toca el cielo?

¿Acaso puedes comprender lo que le cuesta a un hombre relamido por años de mar, alcanzar siquiera una loma?

Amigo mío; eso es el Nirvana. Y yo estuve allí. Aunque no buscara a los lamas tibetanos, ni viera de cerca a los yaks peludos.

 

-Me quedo a cuadros. Pero, ¿cuando ha estado Musafir en el Himalaya?, -me pregunto con total extrañeza para adentro.

Esta historia... ¿acaso es real?; dudo; pero callo de nuevo.

 

Musafir sigue con su soliloquio:

 

-No pretendo que me creas, compañero. ¿Me preguntas cuánto hace ya?...

Y yo sólo veo el color naranja de los atuendos de esos lamas... que no llegué a ver en persona.

Naranja, ¿entiendes?

 

-Pues no; no entiendo nada Musafir. -Acierto a pronunciar, entre el desconcierto que me invade completamente.

 

Siete años, muchacho. Siete años en el Tíbet. Allí donde sus habitantes tocan el cielo con los dedos; teocracia de lamas naranjas, a pesar del yugo del rojo comunista de los chinos.

Pero eso es en Lhasa, la capital.

Mis recuerdos son de otra parte del país:

Aquella puerta; la cabaña; el fuego revitalizador; la leche de yak caliente en mis manos arrugadas...

Unos niños con la cara tiznada de ceniza. Apenas nada... salvo su hospitalidad; y su sonrisa.

Que no entendía nada, al principio, de lo que me decían... y qué rápido aprende uno cuando está a gusto. Mi hogar en las montañas; la noche más cercana a las estrellas que nunca haya visto: cielo negro absoluto.

¡Dame un regalo mejor!, muchacho, si puedes; -me exhorta con voz grave, mientras prosigue:

 

-Tanto caminar... tantos pares de botas reventados; tantos kilómetros de sendas pedregosas, y millas interminables de mares encrespados... Y allí estaba yo. Dándole sentido a mi búsqueda. Dando comienzo, en realidad, a mi viaje.

Tierra dura, pelada, enjuta como la carne seca de cabra; congelada las más de las veces. Donde a pesar de todas las injusticias del mundo, descubrí junto a sus moradores, cómo se puede, humildemente, vivir felices.

Allí estuve. Allí sigo, de algún modo.

 

No me atrevo a comentar las palabras solemnes y sinceras de Musafir. No me deja ni el aire frío, ni mi perplejidad. Pero seguro que algo de esto pasó... a su manera.

Hace un rato que hemos dejado la playa, y nos resguardamos por una calle, tierra adentro. Me paro frente a un escaparate; la pastelería del barrio. Un enorme aparador repleto de pasteles invita, con este frío, a entrar y probarlos.

 

Entramos, ¿Musafir? si hoy hace siete años de lo que me has contado, bueno será celebrarlo, ¿no?

-Me mira, y apenas con un gesto, me da la aprobación.

Abrimos la puerta con cara de niños, devorando con las miradas los pastelitos.

-Ese, ese, -me dice con determinación Musafir, mientras clava sus ojos en un enorme brownie de chocolate con nueces...

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Bitácora de un navegante

Aquí está esta bitácora de un pequeño "navegante" más bien virtual que real; aunque ganas no me faltan ;-)) Musafir y yo tenemos un pequeño pacto: él vive las historias, y yo se las escribo, añadiéndole un poco de magia, si se le puede llamar así. Por lo demás, Musafir es de Castilla, aunque desde los 5 años aprendió catalán.