30 de abril de 2008

Papel de Amsterdam

amsterdam

Sólo te ha quedado Amsterdam, Musafir.

Aún recuerdo cuando vi por primera vez aquel río, entre bosques de un verdor puramente mágico y aguas expresivamente salvajes. Que era un pequeño arroyo de las Montañas Rocosas, dijiste, casi inexplorado, y aun menos habitado... en ese, ya casi lejano, final de siglo XX.

No hizo falta que me dieras más pistas. Vi en tus ojos el reflejo de todo un continente; abierto a ser caminado; a ser respirado y vivido.

Me consolé en el recuerdo de árboles y agua de papel. Jamás respiré; y quién dijo, tampoco viví. A pesar de tu insistencia. De tus sombras azules...

Y se mojaron mis rodillas en otras aguas; recorrieron mis venas las corrientes de ríos septentrionales. No ya en América; sino en la vieja Europa. Y anduve más de una década descifrando, de nuevo, barcos fluviales de papel; acartonado ya por el tiempo.

Pero no me quedó ni la palabra escrita. Que la tinta ya no me emocionase, era lógico; pero, ¿adónde fue el alma de las palabras?

Se las tragó, ya sabes quién: El muro.

Y me enseñaste aquella foto del trozo de muro de Berlín, ¡vaya!, ¿otro muro, Musafir? . Sí, me dijiste que una vez dividió toda una ciudad, todo un país. Que murió gente por intentar atravesarlo.

Una vez unió, más que separó; el muro; no aquel de Berlín. El muro; el de casa. El que me tatuaste en la brisa rosada de mi frente.

Pero al final, el papel se rasgó. Con ese rasgar amarillo viejo que adquieren los papeles rancios. Esos que se ha merendado el sol en tardes de verano; en esas que un día me soñaste; en esas que un día me pensaste con tus dilemas violetas.

Probablemente no supe respirarte; como tampoco te viví por aquellos recovecos de los ríos vírgenes de las Rocosas; y mucho menos por los maltrados de esta nuestra Europa.

Porque, cuando me di realmente cuenta, tu paisaje de cumbres afiladas me había abandonado.

Cuando quise despertarme, sólo me habían quedado las llanadas, y las aguas remansandas.

Alguien se encargó de limar las montañas; o lamer. Sólo vi, así, con la mirada, la mar...

Ahora miro tu calor congelado, verde no ya de bosque, sino de veneno de enanos verdes; y repaso tus preguntas, apenas moradas, no ya de incógnita, sino de asfixia de capirote de nazareno...

Ya no veo sino canales y bicicletas al borde de un canal. A punto de caer.

Sólo veo Amsterdam.

Sólo me ha quedado devorarme los viejos canales marrones de un Amsterdam de papel manchado de café.

...

Y en esto, Musafir se acabó el café que estaba tomando, en silencio. Y al dejar la taza sobre la mesa, reparó en el dibujo de la servilleta: un mapa, precisamente de Amsterdam, del siglo XVIII, con la siguiente descripción en latín "Amstelodami Veteris et Novissimae Urbis Accuratissima Delineatio" .

A Musafir le pareció curiosa la coincidencia, y llamativo el soporte para un plano. Así que se llevó la original servilleta de recuerdo.

(Lo que no sabe Musafir, es que quizás encontrarse esa servilleta en su mesa no fue tan casual como él cree...)

27 de marzo de 2008

Desde el Yucatán a Calistoga...

 

 

 

j0409243 CalistogaWater

A Musafir, este viajero virtual, más que de facto, a veces también sale de "viaje".

Y suele ocurrir, como en todo viaje sin preparar ni organizar, (excluímos aquí lo que sería más bien un tour), que siempre las expectativas del mismo, superan a cualquier idea que uno tiene preconcebida.

Hace varias semanas, estuvo Musafir por las costas de México. (Bueno, virtualmente, de nuevo). Viaje de placer, relax, pero aderezado con pinceladas de cultura maya.

Allí, entre complejos hoteleros españoles, rodeado de cocoteros y con el merengue sonando a todo trapo, Musafir se relaja en una tumbona, en una idílica playa de arena de coral blanco. En estas estaba Musafir, cuando una pequeña niña maya se le acercó.

-Hola, guapa, ¿cómo te llamas?

La niña sonríe, sin decir palabra.

-Bueno, y cómo se llama este lugar tan bonito, lleno de ruinas mayas al borde del mar?, le pregunta enseñándole una foto de un folleto a todo color.

"Ci u than", respondió al fin la pequeña, poniendo cara de extrañeza y muerta de risa.

-¿Cómo dices?

-"Yuk ak katan"

-Ah, quieres decir ... ¡Yucatán!

Los demás niños que estaban por allí jugando, no paraban de reírse, ante la evidente intriga de Musafir.

 

El camarero, que también era maya, fue quien le dio la pista a Musafir:

 

-Esos pequeños... no hablan español. Hablan en maaya t'aan (lengua maya).

-Las ruinas del folleto (le explica amablemente), son las de Tulum. Los chavales se han reído, porque han reconocido el lugar. En maya, Tu'ulum, siginifica: "Cueva del Conejo".

Y "Yuk ak katan", o "Ci u than", quiere decir, en lengua maya, "no entiendo tu lengua, o no te entiendo".

 

Y es más que probable que este fuera el origen del nombre que se le dio a esta región de México: El Yucatán.

 

Bueno, pues ya sabemos lo que les pasó a los primeros colonos españoles cuando llegaron a la "Riviera Maya".

Hemos empezado bien, ¡eh, Musafir! Sin saber lo que te querían decir unos niños mayas, jeje...

 

-Luego te ilustraré, narrador. Pero sigue, sigue contando mis aventuras...

 

-Bueno, no te enfades Musafir, y déjame que siga contando por dónde has ido.

 

Ahora que ha pasado la Semana Santa, contaré que estuviste también por Sevilla.

 

"Sevilla tiene un color especial" como dice la canción. Y unos orígenes lejanos en el tiempo, diría yo.

¿Quedará algún sevillano nativo, que nos cuente algo de la historia de la fundación de Sevilla?

Bueno, quitando al guía que va vestido de romano, poca cosa más.

Quizás no muchos sevillanos sepan que el nombre de su ciudad es de origen tartésico. (Esa misteriosa civilización que se asentó en el valle del Guadalquivir).

Spal fue su nombre de bautizo. Luego se la conoció como Hispal.

No parece que tenga nada que ver con Hispan, o Span, que según parece es el nombre que se le dio a Hispania, por los conejos (de campo), que en ella habitaban.

Esto se lo explicó a Musafir otro guía, allí en Sevilla, (no ya vestido de romano), sino disfrazado de ... ¡conejo gigante con orejas y todo! jeje.

Y también le contó que los romanos la llamaron Hispalis. (Bueno, ya sabes cómo eran los romanos: Colonia Iulia Romula Hispalis). Y que luego llegaron los árabes, y como no sabían decir la letra P con la A  o sea "pa",  la transformaron en "bi". Y lo que era para los romanos: "Colonia no sé qué... Hispalis", que para los árabes acostumbrados a no escribir las vocales en su idioma, era más que largo, se dijo en árabe andalusí:  Ishbiliya  أشبيليّة

 

¡Vaya con los musulmanes! Prácticos y ahorradores.

En resumen, que la Sevilla de hoy en día no es más que la Spal de los tartessos, pronunciada por diversos pueblos a lo largo de la historia.

 

Lo que me vas a contar de nuevo, Musafir, es esa historia de un japonés en Sevilla, en pleno siglo XVII.

¿También llevaba su cámara digital encima?

 

Musafir levanta la ceja, y me echa una de sus miradas fulminantes.

-Bueno, narrador,  ya veo que como te conté la historia por encima, no te la terminas de creer. Así es que ahora me toca a mí hablar.

Te voy a dar alguna pista:

 

-¿Conoces a alguien que se llame de apellido Japón?

-¿"Japón"? ... espera. A ver, mira que no me gusta el fútbol, pero si no recuerdo mal, había un árbitro de la liga que se llamaba Japón, no sé qué...

-Cierto. "Japón Sevilla", para ser exactos.

-¿Y qué tiene que ver un árbitro de fútbol con un samurai en la Sevilla de 1620?

-Pues más de la que parece:

Mientras estuve en Sevilla, aproveché para acercarme a Coria del Río.

Allí encontré esta estatua, y me contaron la historia de Hasekura Rokuemon Tsunenaga

 

¿De quién has dicho?

 

-(支倉六右衛門常長, Hasekura Rokuemon Tsunenaga)

Aunque se le conoció también por el nombre de Felipe Francisco Faxicura, una vez bautizado.

-Estos curas, haciendo "amigos hasta en Japón"

-Déjame seguir:

Este samurai estuvo en Coria del Río, antepuerto fluvial de Sevilla en 1615. Vino como embajador de un gobernante japonés, a establecer acuerdos comerciales con el rey español Felipe III y cuando regresó a su país, algunos de los japoneses que con él viajaban se quedaron en la ciudad. Así, los descendientes de aquellos llevan todos el apellido "Japón". Y hoy más de 600 personas aún se apellidan... Japón.

Japoneses y árabes en Sevilla... umm. Hace siglos, una rareza. hoy sólo tienes que pasearte por la Plaza de España...

-No me interrumpas.

Perdona.  ¿Dónde más has estado, Musafir?

 

-Pues estuve también en las montañas suizas, entre vacas y montañas nevadas.

 

-Bueno, supongo que en la tranquila Suiza no te encontarías a samurais japoneses bailando sevillans, no? jeje.

 

-No, es cierto. En Suiza ya sabes lo que les gustan los relojes. Y lo cabreados que están de que los japoneses les copiaran el invento de "dar la hora".

-Claro.

-Por cierto, ¿wie spät ist es?

-¿Qué?

-Que me digas la hora.

-Ah, en alemán: "Es ist sieben uhr."

-Muy bien!. Y dónde has mirado la hora. En tu reloj de bolsillo, no? (Que ya sé que eres un antiguo, jeje)

 

-Pues mira, sí. Llevo un "Taschenuhr" de mi abuelo, como se diría en Suiza.

-¡Error!

-¿Y eso?. ¿No lo he dicho bien?

-Sí. Aunque en Basilea, (que hablan la variante suiza del alemán), el "Schwyzerdütsch", se reirían de ti.

-Allí di que llevas un Kellöretli.

-¿Cómo? -¡Pero eso no es "alemán"!

-Pues sí y no... A ver:

-Pregúntame la hora en francés:

-"Quelle heure est-il?"

-¡Muy bien!. Pues ahora piensa que eres un suizo que hablas alemán y pronuncia la frase rápido:

-/quil-er-et-il/ /quil-er-et-il/... Vale, ya lo veo: Kellöretli es "quelle heure est-il?"

¡Ya vas progresando! Los suizos copiaron, (en este caso a los franceses), la frase para referirse a un reloj de bolsillo de los de antes...

-No te rías Musafir de mi, ¡eh! ¡Vámonos de Suiza, anda!. Vuelve a la península, que me lías con tus acertijos.

 

-De acuerdo, narrador: ¿qué te parece seguir por las montañas? Por los valles del Pirineo, por ejemplo...

-Qué bonito, Musafir. Hace años que no estoy yo por los Pirineos...

-¡Pues volvamos al valle de Arán!

 

-Me encanta todo de este pequeño valle entre montañas, Musafir. Y me recuerda años de infancia, correteando como Heidi y Pedro, detrás de las vaquitas...¡ay!

 

-Bueno, bueno. No te me pongas sentimental ahora.

Yo lo que quería que supieras es que en el valle, se habla aranés. Una variante gascona del occitano, o lange d'òc.

Pero que curiosamente, tiene nombre de origen vasco.

 

-¿Vascos también en esta parte de los pirineos? -le pregunto a Musafir algo extrañado.

 

-Claro. Arán, es un nombre aranés. Pero el origen de la palabra es "haran". O sea, "valle", en vasco.

"El valle del Valle".

 

[Ring, ring]  !!

 

-Anda, ¡coge el teléfono!

<<Y, después de media hora de conversación...>>

 

-Bueno, narrador; ya habeis hablado un buen rato, no?

 

-Sí. Era mi amiga Gotzone, de Barakaldo.

 

-Le podías preguntar a Gotzone si habla vasco.

-¡Pues claro que habla vasco!

-¿Y sabe que su nombre se lo inventó un tal Sabino Arana? ¿Y que además no era euskaldún de nacimiento?

-¡Qué dices!, Gotzone es un nombre, ¡vasco, vasco!

 

-Pues te diré que, (con un pie en el valle de Arán, y con otro pensando en Sabino Arana, que también tiene apellido de valle),  que "Gotzone" es invención suya.

 

-A ver, explícame eso, que no lo entiendo.

 

-Sabino Arana, que fue el fundador del PNV, tenía muchas ideas en la cabeza. Entre otras, y la que aquí me interesa comentarte, estaba la de euskaldunizar nombres de persona, o de objetos; para que fueran más vascos, vascos.

Y como era muy católico, empezó por coger el santoral. Le debió parecer que "Aingeru", (que es como se dice en vasco "Ángel"), era poco euskaldún. Así, propuso "goi-gizon" o sea, "hombre de arriba, elevado"... para decir ángel: el resultado: gotzon, (masculino) y el que tuvo más éxito: Gotzone, o sea "Ángela", o "Mª Ángeles" en femenino.

Al principio, los curas eran contrarios a bautizar a las criaturas con esos nombres... pero al final... claudicaron.

Lo que no hicieron en otras partes de España, (aceptar nombres en sus lenguas propias), lo hicieron con unos nombres inventados por un señor, que además no hablaba vasco como lengua materna...

Así es que si a tu amiga no se molesta, puedes decirle que su nombre significa Ángela. (Aquí y en la China, que dijo un tal Josep Lluís) jeje.

 

Pero venga, vete colgando el teléfono, que tenemos que seguir el viaje.

-"Eseki ezazu telefonoa" (cuelga el teléfono) me ha dicho Gotzone en vasco, mientras te escuchaba, un poco enfadada.

-Dile que Sabino diría "Eseki urruzkina". Y no me preguntes por qué "teléfono" se puede decir también "urruzkina" en vasco. Sabino Arana ya no está vivo para preguntarle...

-Pero, eso no es ninguna sorpresa, Musafir ¿no? Es que se da por hecho que todas las palabras de origen moderno se tienen que parecer en todos los idiomas... "Teléfono", "telephone"...  Hasta en árabe se dice "tilifún". Para un idioma que busca su propia denominación...

 

-Pues mira, que el ejemplo que me has puesto al final, casi te da la razón:

En árabe, tilifún se dice en algunos países... التلفون

Pero la manera más habitual de llamar al aparato es: "Hátif"   هاتف

 

¡Jo! Es que no doy ni una esta tarde eh!

 

-No te excites, que vas muy bien. Además ya estamos acabando el recorrido de este super viaje.

Mira, para relajarte te propongo ir a un spa.

-¡Y eso que es?

-Un balneario, donde te dan sesiones de masajes y chorros de agua.

-¡Ah, hombre! ¡Claro que sé lo que es! Lo que pasa es que con esa moda de ponerle nombres en inglés a las cosas... ¡qué rabia! Pues un balneario, es un balneario, y no "spas" o cosas raras!

-Bueno, pues otra vez sí y no.

-¡¡Por favor!! Musafir: ¡explícate, por última vez!.

 

-Bueno, tranquilo:

Spa, viene del inglés, sí. Pero este lo cogió del latín. Aunque hay varias teorías sobre el origen de Spa, parece que podría significar "Salus Per Acquam". Pero esto ya lo aclaramos cuando estuve por Alemania, ¿no te acuerdas?

Es verdad, qué despiste.Era mi alter ego narrador el que nos lo dijo a los dos.

 

-Mira, narrador, jeje: Ahora soy yo el que te propone acabar el viaje en un spa, como te decía.

Tomamos un avión... y ya estamos en California.

-¿California? Tan lejos.

 

-Sí. Aquí acabamos el viaje. Échale imaginación. Recuerda que mi viaje era virtual. Además, al final hemos acabado otra vez en el continente americano: En la ciudad-balneario de Calistoga.

-¿Y que hacemos allí?

-Pues nos vamos a dar un baño en sus aguas termales. Que los indios ya las usaban desde hace siglos.

Cuando llegaron los invasores, (quiero decir, los pioneros) ingleses al oeste de los actuales EE.UU, se encontraron con muchas fuentes termales a lo largo de las Montañas Rocosas. Y en 1860, un tal Sam Brannan, conocido invasor, (otra vez... quiero decir, pionero), llegó a esta parte del mundo y se instaló en ella. Como en otras partes de los Estados Unidos, muchas ciudades son de nueva planta. Allí, una vez construido su spa, hizo una presentación al más puro estilo americano. El lugar en cuestión no tenía un nombre concreto. Pero en el discurso de inauguración, ante los presentes cometió uno de los "lapsus linguae" más célebres de norteamerica:

Se refirió a su nuevo balneario como una inspiración del que existía entonces en Saratoga, en el extremo este del país. Pero en el momento cumbre del discurso, en lugar de decir: "queda abierto la Saratoga de California", dijo: "Queda abierto la Calistoga de Sarafonia" . Y con Calistoga se quedó.

 

Ay, Musafir... estoy derrotado. Ahora sí que quiero ese bañito en aguas termales. Y luego un masaje con aceites esenciales... qué bien se está en Calistoga, ummm...

 

-Por cierto, te he contado que los indios algonquinos del Canadá también hablaban vasco?...

-No, Musafir... pero ya me lo contarás otro día... zzz... zzz...

 

 

 

 

16 de marzo de 2008

Mientras existan las lenguas...

Hace algunos días leyó Musafir que había desaparecido otra lengua nativa americana.

La última integrante de un grupo étnico fallecía, y con ella moría su lengua, que ya no se escuchará más, si no es a través de antiguas grabaciones, puesto que toda su cultura era oral.

Piensa Musafir que lo trágico no es sólo que muera la persona, sino el trasfondo cultural. Que hoy en día de las 7 mil lenguas que existen en el mundo, más de la mitad estén en peligro de desaparecer, tendría que hacernos reflexionar.

En cada lengua, se plasma la psicología del grupo que la posee en relación al mundo que les rodea.

Musafir tuvo la ocasión de conocer por encima cómo se expresan los indios navajos de Norteamérica.

Lo que un occidental simplemente "coge" o "lleva", para un navajo tiene tantos matices como uno pueda imaginar: no es lo mismo "coger cosas redondas" que "coger cosas afiladas, o blandas". Si le añadimos que los objetos pueden ser "blancos" dicho de forma diferente según sean cosas redondas, pesadas, o pequeñas... ya tenemos un gran lío para nosotros, que sin embargo, da mucha información a quien lo escucha, si entiendes el navajo.

Se parece a lo que los alemanes hacen cuando dicen que algo "está de pie": "stehen"; o "está tumbado": "legen".

 

Hay lenguas que son tan sencillas que da la sensación de que no tengan casi gramática. Bueno, el chino apenas tiene reglas gramaticales tan complejas en cuanto al orden, como el alemán. Pero para paliar su "simplicidad", los chinos tienen una cosa maravillosa que se llaman "tonos".

Si pensamos que la cosa no tiene gran importancia, podríamos preguntarles a los publicistas de la Coca Cola lo que sufrieron para poder adaptar el nombre de la marca en el mercado chino. La ya célebre  frase del "muerde el renacuajo de cera", en referencia al significado aproximado de Coca Cola en chino: "Ko-Ka-Ko-La", es todo un clásico.

Al final, y debido a los "tonos", la marca de refrescos tuvo que adoptar el más sugerente nombre de "K'o-K'ou-K'o-Lê" que sería algo así como: "permite que tu boca saboree algo que le de placer"... ¡umm! Mucho mejor, opina Musafir.

 

Y es que la variedad de lenguas es enriquecedora, aunque a veces por esa misma abundancia, se dan casos graciosos. En este mundo globalizado, lo que en una lengua resulta bello, en otra puede ser un desastre.

Sobre estas líneas, por fin Musafir encontró una foto del gel llamado "fem íntim". Tal cual. A los hablantes de castellano, nada raro. Queda como una marca dicha en francés, pero nada malsonante; nada que ver con el agua de colonia "Eau d'Eté", que en castellano  suena a... "hódete"...

Fem íntim, en valenciano, suena a "mierd* íntima". El laboratorio que comercializa el producto es de Barcelona... Vale que en catalán, "fem íntim" también quiere decir "hacemos íntimo"... pero, desde luego, las risas que vio Musafir en la farmacia de Alicante donde colgaba un cartelón enorme con esa leyenda, hacía más referencia a la "mierd*" que no al "hacemos..."

 

Aunque para morbosos escatológicos, os recomiendo una visita breve por una página de pinturas y revestimientos acrílicos de cubiertas para la construcción. Sus productos deben ser buenísimos, vamos, en castellano castizo: son "laPolla".

 

Ahí tenemos también el maravilloso mundo del motor. Los japoneses, que son unos expertos en copiar tecnología, no dudaron en lanzar sus nuevos modelos de coches con nombres sugerentes para ellos:

"Nuevo Mazda Laputa", rezaba en la publicidad que observó Musafir, sorprendido. "Pruebe el nuevo Nissan Moco", acompañado de una foto de un coche utilitario de color verde, para más señas.

En fin... podríamos seguir con el Mitshubisi "Pajero" o el Seat "Málaga" que en Grecia se cambió por Seat "Gredos", ya que "Málaga" sonaba muy parecido a "malaka", que en griego significa lo mismo, casualmente, que para nosotros el "Pajero".

 

A veces no es que se produzca una confusión por la traducción entre lenguas; es simplemente que la traducción requiere de dos volúmenes escritos de la Enciclopedia Británica para poder expresar lo mismo que el otro te dijo en una palabra. El finés es una lengua que los filólogos llaman aglutinante, o flexo-aglutinante. Esto significa que en lugar de expresar las ideas mediante conjunciones y conectores entre palabras, ellos prefieren aglutinar elementos en una palabra. Algo parecido le pasa al inuit, la lengua de los esquimales. (Ellos se llaman "inuit", porque el término "esquimal", significa algo así como "devorador de carne cruda").

Ahí va un ejemplo de como aglutinar la información en inuit:

"Kaalip Pavia imminit anginirirusinnaannginnirarpaa" que quiere decir "Kaali  dijo que Pavia no podía ser más alto que él".

¡¡Tócate las narices, con el verbo de marras en inuit!!

 

Bueno, al vasco le pasa algo parecido, aunque no tan exagerado: "Casa" se dice "etxe". Y de ahí tenemos "etxea", "la casa". Etxean, en la casa; etxeko, "de la casa".  Bueno, hasta ahora todo sencillo.

Pero también: etxearen, etxearentzat, etxekoarentzat, "para lo de casa"; etxearengandik, "desde donde la casa"...

¡¡Y no empezamos con los verbos para no asustaros!! "lore batzu ekarri zenizkigutenalarik", "mientras que nos habéis traído algunas flores".

¡Buf!  Mientras que nos habéis traido las flores, ¡tío!, casi me muero de la espera!

 

Y ya para ir acabando, recuerda Musafir asombrado, como en el País de Gales, existe un pueblecito que quería potenciar su turismo. Como no había muchos alicientes, a los naturales del lugar les pareció ideal usar el potencial aglutinante de la lengua galesa, y dar más  información en el nombre del lugar:

Así, LLanfairpwullgwyngyll, que ya era largo de cojo**s, se convirtió en el bucólico e interminable:

"Llanfairpwllgwyngyllgogerychwyrndrobwllllantysiliogogogoch" 

Que viene a describir minuciosamente el lugar: "Iglesia de Santa María en el hueco del avellano blanco cerca de un torbellino rápido y la iglesia de San Tisilo cerca de la gruta roja".

Pero si 58 letras os parece mucho, aquí va la palabra usada en alemán, en un documento oficial, más larga que se conoce por el momento:

Rind­fleisch­etikettierungs­über­wachungs­aufgaben­übertragungs­gesetz

El palabro en cuestión hace referencia a una ley de un Land alemán que regula asuntos de salud pública y de alimentación. Se puede traducir por: "Ley sobre la transferencia de las obligaciones de vigilancia del etiquetado de la carne de vacuno y la designación de los bovinos". Ahí es nada.

 

Pero, como parece que cuanto más larga mejor... (no haré ningún comentario al respecto, esperad a la traducción..), aquí tenemos al ganador absoluto, de momento:

85 letras para decir, en lengua maorí:

"Taumatawhakatangihangakoauauotamateaturipukakapikimaungahoronukupokaiwhenuakitanatahu".

O lo que es casi idéntico:

"La cumbre de la colina, donde Tamatea, el hombre con las rodillas grandes, conocido como 'el devorador de tierra', bajó, subió y engulló las montañas, mientras le tocaba la flauta a su amada."

¿Cuanto medía la flauta de Tamatea, entonces...?

 

 

En fin, Musafir, después de tanta letra escrita, y tanto empacho lingüístico no puede más que reproducir aquí un pequeño reto que se plantearon Voltaire y Piron: intentar enviarse dos cartas, en las que expresaran, en latín, la mayor información, con la mínima expresión posible.

Así les quedó el juego:

"Eo rus" le envió Piron a Voltaire. "Me voy al campo".

"i", le respondío a los pocos días Voltaire: "ve"; ganando así la partida.

23 de febrero de 2008

"Urzo txuria joan zen..."

urzo_txuria 

SE EQUIVOCÓ LA PALOMA

Se equivocó la paloma.
Se equivocaba.

Por ir al Norte, fue al Sur.
Creyó que el trigo era agua.
Se equivocaba.

Creyó que el mar era el cielo;
que la noche la mañana.
Se equivocaba.

Que las estrellas eran rocío;
que la calor, la nevada.
Se equivocaba.

Que tu falda era tu blusa;
que tu corazón su casa.
Se equivocaba.

(Ella se durmió en la orilla.
Tú, en la cumbre de una rama.)

Rafael Alberti

***

 

Musafir aún recuerda con claridad aquel encuentro fortuito con ese caminante, también casual.

Llevaba una camisa clara; los pies descalzos. Poca ropa para un invierno tan crudo.

El rostro, apenas iluminado por la tenue luz de una hoguera nocturna, no le dejó a Musafir hacerse con sus facciones.

¿Por qué tanto equipaje?, se preguntaba en silencio Musafir.

Pero ni los pensamientos ni las palabras afloraron en voz alta entre ambos.

Apenas conversación medió aquella noche. El humo del fuego hablaba en solitario. Y el brillo de las llamas se reflejaba en los ojos callados. Las entumecidas manos se acariciaban la piel, frotándose enérgicamente, intentando transmitir el poco calor que recogían de la fogata. Un poco de queso y algo de vino, para acompañar el estómago. Que la bocas no quieren que se les escapen los deseos de preguntar que tienen los labios...

Al final, el sueño vence. Acurrucados los dos, casi abrazados para apurar el calor. Dos extraños unidos por el frío. La manta no llega para cubrirlos por completo. Y los brazos se entrecruzan.

 

Mañana húmeda, densa. Musafir tapado hasta los ojos con su manta. Está solo frente a los restos del fuego. Su enigmático compañero de noche ha desaparecido. No hay huellas; no se oye nada. Sólo el rocío mañanero se cae de las ramas de los árboles, golpeando levemente el suelo.

De tanto mirar a lo alto, casi tropieza Musafir con algo bajo sus pies. Se agacha y recoge lo que parece un trozo de papel, como si hubiera encontrado un mapa del tesoro. Escrito en él, unas palabras que Musafir es incapaz de descifrar: "Urzo txuria naiz"

Levantó nuevamente la mirada; nada. Ni un alma en este bosque. Se guardó cuidadosamente el papel dentro de la mochila y desmontó el campamento.

 

Si Musafir le hubiera visto entonces las alas blancas a aquel extraño personaje... quizás todo habría sido más sencillo... Pero en ese momento, nunca podría imaginar Musafir lo que darían de sí aquellas tres palabras escritas en un idioma para él incomprensible. Eran su único recuerdo de aquella función de teatro un tanto irreal. Y el final, aun no estaba realmente escrito...

 

Preguntó, ya mucho tiempo después, cuando por fin llegó a una aldea habitada.

Tierra extranjera para Musafir. Nadie parecía entenderle;

Pensó que a lo mejor, esta gente podría desentrañar aquellas oscuras palabras que llevaba.

Se acercó a la taberna. Y desenrolló cuidadosamente el papel manuscrito sobre la barra, con la esperanza de que alguno de los paisanos le sacara de dudas...

Las miradas se congelaron. El aire cargado del bar se volvió casi marrón. Solo la respiración se oía. Musafir no acierta a comprender la situación...

 

-"Urzo txuria ikusi ba al duzu?" . (¿Acaso has visto a Urzo txuria?), -le preguntaron en esa rara lengua...

 

-No entiendo nada... respondió el pobre Musafir, un poco aturdido y confuso.

 

Del fondo de la taberna, la voz suave y dulce de una chica rubia de no más de dieciocho años, empezó a cantar melancólicamente en esa lengua:

 

<<Urzo txuria errazu

Nora joaten zera zu

Ezpainiako mendi guziak

Elurrez beteak dituzu

Gaur arratzean ostatu

Gure etxean badezu.>>

 

Todos asintieron con gesto duro y serio. Pero nadie se movía. Extraña la lengua; extraña la gente; y extraña su reacción. Parecía que hubieran visto un fantasma.

Musafir se acercó a la joven, y le mostró la hoja de papel.

Esta, lo tomó en sus manos, temblorosas, mientras todos observaban en silencio. Aquello parecía casi un ritual mágico. Una especie de "Santo Grial" que estaba dejando el ánimo de estos aldeanos realmente trastocado, y la cara de Musafir a cuadros.

 

-"Bai, bai!! Urzo txuria da! Eztago hilda! Bizirik dago, aita! bizirik dago eta!"

-("¡¡Sí, sí!! Es Urzo txuria! ¡No está muerto! ¡Está vivo, padre! ¡Que está vivo!")

 

El bar se sumió en un silencio negro. El tabernero, apretaba los nudillos contra la barra, y empezaba a sudar ostensiblemente.

Musafir no sabía qué hacer. Quizás habría pensado en salir huyendo, pero.. ¿por qué razón?

Tras unos momentos que parecieron años, finalmente, la muchacha se echó a los brazos de Musafir; y empezó a llorar desconsoladamente.

 

-Zergaitik?, esan ezazu!! ("¿Por qué? ¡¡Dímelo!!")

Pero Musafir no entendía...

 

Era demasiado pronto entonces para entender...

***

 

Años más tarde, Musafir regresó a aquel pueblo extraño. Ya entendía aquella enigmática lengua que tanto lo confundió en su primera visita.

Aquella menuda chica rubita y pecosa, era ya una mujer casada con dos hijos.

Su padre, el tabernero, había fallecido hacía algún tiempo. Ahora eran su marido y ella los que llevaban el negocio. Y sus dos hijos varones ayudaban con la faena.

 

-Dime Musafir, ¿no llegaste nunca a saber nada más de Urzo txuria? -le preguntó la mujer.

 

Pequeña... -le dijo- ¿Recuerdas la cancioncilla que me cantaste cuando llegué a este bar por primera vez?

 

-Cómo no me voy a acordar; tu cara de confusión era un poema... y nuestra sorpresa, mayúscula. Imagínate: un papel manuscrito de Urzo. No nos lo podíamos creer.

 

-Por qué no me la cantas de nuevo? -dijo Musafir.

 

Y la mujer rubia, aunque algo canosa ya, y con algunos años más encima, pero la misma dulce voz que de joven, volvió a entonar aquellos versos que por fin Musafir sí entendía:

 

<< Paloma Blanca, dime

¿A dónde vas?

Todos los montes de España

Están llenos de nieve

Si quieres albergue para esta noche

Lo tienes en mi casa.>>

 

¿Lo ves ahora?, le dijo.

-Eztut ulertzen...; "No entiendo...", -le respondió ella.

 

-Urzo txuria, tu misteriosa "Paloma blanca", estaba confundida, como dice la letra de esta preciosa canción. Se equivocó de dirección.

 

-¿Acaso es eso cierto, Musafir? ¿Qué sabes tú de Urzo?

 

-Sigues siendo aquella chiquilla dulce que vi, a pesar del tiempo que ha pasado ya. Aun puedo ver en tus ojos ese brillo que me fascinó cuando te conocí. Pero debes comprender...

 

-Musafir, ¿sabes cuántos años esperé? ¿Sabes cuántas noches en vela me pasé. Mi padre no me decía nada. Y un día llegaste tú, un viajero extraño; que no entendía nuestra lengua, y que misteriosamente tenía noticias de Urzo... ¿Por qué nos abandonó, Musafir; acaso tú puedes contestarme?

 

-¡Ay, mujer! Muchas cosas no podrán ser reveladas nunca, estimada amiga. Pero te diré lo que la vida me mostró de Urzo y su errático caminar.

Es imposible detener el ánimo de una persona como él. Aunque tuviera ese par de alas blancas que me dijiste, y fueran tan reales que le permitieran ver el mundo desde lo alto de una montaña; Simplemente, se equivocó. Se extravió. Como una paloma blanca que no encuentra su casa. Urzo se fue para no volver. Fue mejor así; créeme.

 

-Pero, no entiendo la razón. Aquí lo tenía todo. Me tenía a mí. Nos tenía a todos. Nos falló. Me decepciona esto que me cuentas... pensé que... había muerto.

 

Lo sé. -Yo también lo perdí. Dos veces; pero ya te lo explicaré con calma.

Sólo te puedo decir que es por todo esto por lo que he vuelto a verte. Para que no sufrieras más. Para que enterraras aquellos recuerdos amargos.

Te diré que busqué a Urzo por medio mundo. Allí donde me detenía, iba mostrando el papel con aquellas palabras que seguían siendo misteriosas para mí. Así durante años  años. Hasta que me encontré con un viajero de tu país. Él me contó; él me enseño tu lengua; conocía a Urzo...

Estuvimos varios años caminando juntos. Me contó muchas cosas de tu tierra. Y llegamos a ser buenos compañeros de viaje. Luego, sin apenas una despedida, nos separamos.  

Pasó el tiempo. Yo ya me había olvidado de esta historia. No volví a encontrar a más viajeros de tu país. Pero conservaba el papel. Hasta hace unos meses todo transcurrió con normalidad. Pero de nuevo, el camino hizo que me tropezara por casualidad con unos comerciantes de tu tierra. Los oí hablar y me dirigí a ellos en tu lengua. Y les pregunté por Urzo. Me dijeron que habían tratado con él por las tierras del norte. Que allí nadie entendía su lengua; y que él no aprendió la del lugar. Que por eso tuvo que deambular de una aldea a otra, mendigando para poder comer.

Me contaron que la gente ya no lo reconocía. Y que al final, se olvidó él mismo de quién era; de dónde venía.  Me dijeron que después de una pelea y una borrachera, le arrancaron las alas, en mitad de una noche de juerga general. Todo el mundo lo vio. En aquella ciudad del norte, junto al río. Me dieron su descripción física, y fue entonces cuando lo comprendí todo.

 

-¿Cómo?, le cortó la mujer. ¿Es que ya sabías de él? ¿Cuándo?

 

Musafir se lleva la mano a la barbilla, y le dice:

-Aquel hombre que me encontré años antes... aquel paisano tuyo que me enseñó tu lengua; que me dijo que conocía a Urzo...

Qué tonto fui de no darme cuenta...

Incluso le enseñé el papel, con la frase, cuyo significado él mismo me desveló: "Urzo txuria naiz"- me dijo; "soy Urzo txuria". Lo tenía allí delante, ¿entiendes? Me tradujo la frase, ¡y resulta que lo tenía delante de mis narices! Pero no lo reconocí. Y eso que estuve caminando junto a él casi un año y medio... Era él; me habló de tu pueblo, de vuestra comunidad... y no supe reconocerlo.

Por eso he vuelto...

 

La mujer apenas resiste las lágrimas, y vuelve a abrazarse a Musafir, como cuando era una chiquilla.

 

-"Baina nik Urzo txuria maite dut, Musafir". ("Pero yo quiero a Urzo txuria, Musafir" ...)

Entre dientes, apenas se le escapa a Musafir otra expresión en esta lengua: "nik ere bai", tan bajito que no lo oyó la mujer. Y acto seguido, le contestó ya con voz en alto:

 

-Ez al dun ulertzen?, eziñezkoa da... Urzo txuria joan zen...

(-¿No lo entiendes?, es imposible... La paloma blanca se fue...)

 

  

 

 

7 de febrero de 2008

Lluvia de fotos de lluvia...

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La verdad es que todavía estoy sorprendido. Y no me explico qué es lo que ha ocurrido realmente. Musafir sueña, y yo me pierdo a veces entre sus extraños sueños...

***

Musafir andaba divagando, distraído en mitad casi de la noche. Una calle cualquiera de pueblo pequeño; silencio; ni un alma. Los gatos hacía ya un buen rato que se habían escondido en las azoteas, junto a las chimeneas, que dan algo de calor. Ni los perros asoman ya el morrillo, con la que estaba cayendo ahí afuera.

Los pasos graves de Musafir le habían conducido a una especie de plazoleta. Desierta. Mudas hasta las piedras. La fuente, ni echaba agua. Abandonando ya la plaza, y antes de doblar una esquina, de repente Musafir detiene su caminar pesado. Más adelante, tras la esquina, apenas un rumor; voces; como un par de suspiros que se oían débiles bajo la plomiza canción gris que pinta la lluvia.

Musafir no quiere interrumpir, y piensa en dar un rodeo. Pero le puede más la curiosidad de caminante nocturno. Sabedor, acaso, de que su presencia no es percibida en absoluto. Así es que se queda observando, desde su improvisado parapeto de piedra.

Apenas un pequeño vistazo, agachado como estaba Musafir para adivinar entre la cortina de agua a dos figuras sentadas en el bordillo no mojado, sino inundado por el chaparrón. Dos siluetas, una mayor y otra más menuda, surgidas de la noche, que se confunden con la atmósfera, que de tan húmeda y gruesa, devora sin piedad los ecos de una misteriosa conversación:

 

-Me pregunto cómo supiste que te necesitaba...

 

- ¿Crees que porque soy un niño, no me doy cuenta de las cosas?

 

-No, no es eso... pero es que, es cierto que te buscaba. Pero no imaginé que te vería; que volvería a verte; así, tan pronto.

 

-No sabes cuánto hace, ¿verdad? -Te imaginas que fue hace unos días, porque llevo la misma ropa de entonces y mi rostro sigue siendo el de un niño de diez años. ¿Recuerdas? Tú me mirabas desde la ventana, entre los visillos; no saliste a la calle. Pero noté tu presencia...

 

-Entonces, ¿cuánto tiempo hace, díme?

 

-Más de siete años...

 

-¡No puede ser! Estoy desconcertado... parece que sigas teniendo la misma edad. Apenas me parece que hayan pasado unas semanas. No lo comprendo. Sin embargo sí es cierto que la lluvia... sabes, de eso sí que me parece que haga muchos años ¡hace tanto que no llueve...! Creí que nunca más volvería a llover.

 

-Por eso me has llamado, ¿no?

 

-Supongo que sí. Y supongo también que por eso ha llovido hoy todo el día, ¿no es verdad?

 

-Hay muchas cosas que son un misterio; y que siempre lo serán. Dejémoslo así.

 

 

Los ojos vivos de Musafir se congelan. Vidriosa la mirada, de tanta agua sobre su rostro. Y mojado hasta el ombligo y el estómago de inquietud, más que de lluvia. Pero la curiosidad le agarrota los pies. Se ha sentado también en el bordillo, agazapado en su oscura esquina y, cauteloso, sigue escuchando:

 

 

-Sabía que en el tejado de tu casa, en los tejados y terrazas de todo tu pueblo, tenías años de ceniza acumulada. Cuando me marché, hace siete años, creí que no volvería más. Que no sería necesario. Pero no ha sido así. He vuelto para limpiar la negra ceniza; como ya hice entonces... soy tu amigo, ¿no?

 

-Sí, claro. Estoy contento de que hayas vuelto de nuevo. Pero es que no consigo entender...

 

-No hay nada que entender. Es muy sencillo. Pero ahora no estás preparado. Lo sabrás a su debido tiempo, no te preocupes.

 

 

Musafir está también descolocado. Cree que reconoce al adulto que charla con el chaval. Allí, en medio de la calle. Sentados en el bordillo; calándose bajo la lluvia que está arreciando, bajo esta cómplice noche sin astros; ni luna. Alguien le habló de un niño, vestido de uniforme escolar; hace años. Que la gente del pueblo le vio pasearse en solitario por las calles. Que dejó de llover... Pero Musafir no anota estas cosas que le cuentan los caminantes que se encuentra por su ruta; y no consigue recordar con claridad... Mientras, la charla continúa:

 

-Mira mis manos: ¿que ves?

 

-No sé. Yo solo veo tus palmas de niño, pequeñas, abiertas, mojándose bajo un chaparrón de cuidado.

 

-Sigue mirando. No mires con ojos de adulto; imagina...

 

-Tus manos... la lluvia... mis ojos me engañan... veo, veo figuras; imágenes sueltas; parecen fotos; antiguas.

 

 

Desde la esquina, Musafir no puede creer lo que ve. Se frota los asustados ojos, que captan el brillo de la escena, ahora con más claridad que nunca:

De las palmas de las manos del niño, emana un brillo azul intenso. Imágenes creadas a partir de las gotas de lluvia que caen y que han dejado inmóvil y con la boca abierta al pobre hombre. Casi con voz de incredulidad y sorpresa va narrando como un autómata las fotos casi virtuales que el niño está creando con sus manos. Musafir también lo ve nítidamente:

 

Un prado verde, y una roca enorme en medio; apenas un fantasma sobrevolando un monte;

 

Alguien que canta en una isla, rodeado de un luminoso pero estéril mar blanco de sal; desnudo; pintura roja sobre su cuerpo.

 

Río de aguas del color de jade; Y una mujer vestida con un burka azul hasta el suelo. Un puente. Alguien mira desde la otra orilla.

 

Un cielo cuajado de estrellas; Un bosque sombrío; y un pequeño duende escondido tras de un árbol.

 

Un barco a la deriva sin velas, desarbolado, en medio de una galerna;

 

Un gran incendio; un bosque quemado. El cielo verde, envenenado.

 

Máscaras de fuego; sangre roja sobre una espalda.

 

Brasas; el monte en brasas; la casa calcinada. Ceniza negra, humeante...

 

 

Aquel hombre misterioso que estaba sentado junto al chiquillo, se ha echado a llorar. Y entre sollozos, apenas se le escucha:

 

-Es tan real, pequeño amigo. Esas imágenes. Son fotos; mis fotos. No sé si están aquí realmente. Pero me huelen a papel satinado y tinta de imprenta. Creo tocar un álbum de fotos; Tapas de un grueso libro con tacto de cartón antiguo; rugoso. Me llueven mis viejas fotos, a través de tus manos. Y la ceniza... Necesitaba que vinieras...

 

-No temas; por eso he vuelto. Te he traído la lluvia que me pedías casi inconscientemente en tus sueños. Pero me ha costado encontrar el camino de vuelta. ¿Que hiciste con las estrellas que fijaban el rumbo? En fin, no importa. Mira hacia arriba, a los tejados: Ya no queda ceniza sobre ellos. Te puedes ir tranquilo a tu casa. Y ya puedes decirle a ese chico que nos observa desde la esquina, que no tenga miedo. No debe temerme. Estaréis mejor a partir de ahora.

 

 

Musafir se tapa la boca con la mano, para no dar un grito del susto. Era él el que observaba. Y sin embargo, ha sido él el mirón descubierto. ¡Este niño...! misterioso niño.

***

 

Esta mañana temprano, Musafir me ha detallado lo que le había ocurrido, preso de la emoción y el asombro. Me ha dicho que no conocía al niño; pero que le resultaba familiar aquel hombre; aunque no le pudo ver la cara. Sólo se fijó en que llevaba una cajita de madera colgada del cuello, y que se fijó en ella cuando empezó a salir aquella luz azulada de las manos del niño, porque tenía algo de metal grabado, o clavado, y que de vez en cuando reflejaba el brillo. Dice que no se explica como es que nadie pudiera ver ni oír nada.

 

Aquella lluvia de fotos antiguas, hechas de la misma lluvia; Imágenes brillantes de unas vivencias pasadas en manos de un niño inocente. Que parece que revisarlas, le duele a su dueño. De emoción y de melancolía quizás. Quizás fuera otro de los sueños de Musafir. Quizás no estuvo siquiera en esa calle de pueblo. Y el niño no fuera más que una ilusión de su mente. Quién sería aquel hombre...

 

Ayer no llovió. Pero el suelo estaba más limpio que de costumbre; los tejados relucían como si alguien los hubiera limpiado a conciencia. Parece mentira que lleve meses sin llover. Los gatos se acercan a lamer el sol. Bajan de sus azoteas. Ellos son los únicos que podrían saber lo que pasó...

 

Es una delicia asomarse por fin a la ventana; hace un día casi de primavera, y aún es febrero. Qué limpio está el aire. Necesitaba respirar después de oír la fantástica historia de Musafir. El gran viajero, que no descansa ni de día ni de noche. Me sobra hasta la chaqueta, en este día de dulce sol matinal.

De repente, algo se cae del bolsillo de la chaqueta.

Es una pequeña cajita, parece de madera de raíz, con una estrella de plata grabada encima. ¡Pero, esto no puede ser!

En su interior, algunos restos de ceniza y una nota.

 

Mediodía. Lo que parecía una tranquila mañana de febrero, se ha convertido en un verdadero descubrimiento. Por eso luce de nuevo este sol. Por eso, abajo, en las calles del pueblo, la gente sonríe de nuevo. Como no lo hacían igual desde hacía... siete años. ¿Acaso habrá llovido de verdad esta noche? Ya no sé que pensar...

 

Y tampoco sé cómo ha llegado esta cajita a mis manos. Sólo he acertado a vaciar la escasa ceniza que quedaba dentro, después de leer la sorprendente nota. Pero no he tenido el valor para contarselo todo a Musafir. Después de darle tan poca credibilidad a su historia. ¿Cómo le cuento yo lo que sé ahora? No puedo. Espero que algún día se lo pueda explicar con más calma. Si es que acierto a entender totalmente lo que ha ocurrido...

 

No siempre los sueños son lo que parecen: sueños... o quizás sean algo más que eso... 

12 de enero de 2008

De nuevo, bajo el cielo de Orión

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Algún día le pediré a Musafir que me explique por qué los años son redondos, y por qué este año 2008 viene apeteciblemente más verde que 2007, (que fue desagradablemente naranja, según él).

Año nuevo, vida nueva, reza el dicho. Y es que Musafir no para de remarcarme cómo los humanos tenemos esa necesidad tan "humana" de anotarlo todo, de hacer balance, de comparar experiencias de un año a otro año, de sacar conclusiones... Y lo cierto es que muchas veces le doy la razón de esta sinrazón nuestra al respecto.

Lo confieso: mientras escribo estas líneas, yo también estoy haciendo esa reflexión. De todas formas, no voy a ser yo quien obligue al sufrido Musafir a hacer cuentas del año 2007. Coincido con él, eso sí, en que, a pesar de la luz cálida, 2007 era demasiado naranja para ser un buen año...

 

Musafir ha pasado la nochevieja al borde del mar. Literalmente: a dos metros del mar; sobre una roca, de pie.

Cansado ya de fiestas de fin de año tan llenas de confetti de papel y tan vacías de vida de carne y hueso.

Esta última noche del año ha regresado al mismo lugar; veinticuatro lunas después; ...que contar el tiempo en soles, le ciega la vista; y decir dos años, apenas parece un suspiro.

La noche tan húmeda como acogedora.

 

Igual que entonces...

 

En silencio piensa Musafir el tiempo que lleva filtrándose en sus huesos la maldita sal de este mar tan ajeno a su tierra; Y cuántos rituales de tránsito de un año a otro ha visto ya junto al mar; y sin embargo, ya hasta le encuentra el regusto azulado.

Debe ser por eso que esta noche aguanta con una media sonrisa, aunque sólo sea por presenciar, un año más, los fuegos artificiales que se lanzan desde lo alto de la impresionante fortaleza de la época de los romanos.

 

Negra la noche, como entonces...

 

Ya es la hora. Emoción en los gestos. Alza Musafir la mirada, entre melancólica y curiosa. Meditando en su soledad; de pie; en su roca que ya es casi castillo impenetrable al pie del mar. El cielo no media palabra. Solo aguarda; intuye. Pero Musafir sabe que ahí están. El viento seco de poniente no permite excusas: Firmamento cristalino. Y hacia el sur, en lo alto, brillan las estrellas.

Y Musafir se prepara: copa de cava en su mano; respiración agitada. Son apenas unos segundos;

Cierra Musafir los ojos, aprieta las manos... apenas oye las olas rompiendo junto a la orilla... Sueña Musafir, sueña...

Con los sentidos aturdidos, su cuerpo se desparrama, y su alma vuela al encuentro de Yanub, su estrella meridional secreta. No; no me pidáis que os la sitúe en el firmamento. Pero Musafir ciertamente la está viendo. 

 

Igual que entonces...

 

Noche de renovación; hay juego nocturno, con un pie rascando los últimos suspiros de un año que muere, y otro queriendo bailar al son del nuevo. La música poco a poco moja los oídos de Musafir. Sí; aquí vienen; ¡ya bajan! El Can Mayor le lame la cara; y el mítico Cazador, Orión, parece despreocupado; y sonríe amigablemente al perplejo Musafir. Orión no infunde el temor de aquellas primaveras de cacería cruel ya olvidadas. Lleva el arco, como no; y la espada firme cuelga de su cinturón. La rotunda flecha se ilumina bajo el brillo de las estrellas. Pero el Cazador no amenaza;  Y el Toro, que camina tranquilo más a la derecha, apenas se inmuta. Ya son noches y más noches de compañía junto a Orión. Mientras, Musafir se deja coger de la mano; se mece dulcemente en suave baile con todos estos actores nocturnos. Los conoce muy bien. Demasiado bien.

Estoy mirando al mar quieto. Y el reflejo del cielo sobre las aguas me deja boquiabierto: Aldebarán, que es la estrella constante que marca el buen camino sobre la despejada frente del tozudo toro, está algo revuelta; se agita; ha tomado de las manos a Sirio, que no cabe en sí de puro gozo dentro del Can Mayor. Y Betelgeuse, que apenas puede estarse quieta sobre los hombros de Orión, corretea entre los brazos de Yanub. Rigel, a los pies de Orión, interpreta los pasos de un baile aprendido hace miles de soles; y lunas. Embriagados danzan; danzan... hasta que llega la aurora.

 

Como entonces...

Igual que entonces...

 

Musafir está profundamente dormido. Y no me atrevo a despertarlo. Pero yo no estoy hoy soñando.

No.

 

Igual que entonces...

 

Pero algo se me escapa; sé que hay algo que no cuadra.

Yanub sigue mareando, divirtiéndose haciendo parpadear de emoción desbocada a Aldebarán y Sirio.

No voy a despertar a Musafir. Escribiré lo que he visto; se lo dejaré guardado para que él sepa lo que realmente ha pasado esta noche.

Para que sepa lo que realmente pasó aquella otra noche de fin de año...

Amanece ya;

Tengo los ojos enrojecidos. Musafir duerme plácidamente, sobre su piedra; en esa especie de alcazaba enigmática al borde del agua; ni yo mismo he podido acceder esta noche. Era demasiado cruel romper el encanto. Pero Musafir debe saber...

 

Dos años; veinticuatro lunas; setecientos treinta soles...

 

Deambulo esta mañana de año nuevo en silencio. El mar me mira apacible en este invierno aún blando. Recuerdo los ecos de la anterior noche que se me borra; así como sus brillantes luces. Como las de aquella otra noche también...

Me sigue atormentando; pero es que no quiero recordar aquella noche vacía nunca más. Pero ahora recuerdo que Musafir no estaba solo... Yanub, y ...

¡Claro, era eso!

¿Cómo no me di cuenta antes de ese detalle?

 

A diferencia de entonces...

 

¡No todo ha sido igual!

Hubo otro actor nocturno; hubo otra estrella; hace dos años...

El mismo escenario; el mismo ritual... La noche casi me deslumbra y confunde con sus acertijos. 

Y creo que Musafir sí lo sabía. Siempre lo ha sabido. Por eso parecía tan sereno, a pesar del trance del sueño.

Era Shamal; la estrella del Norte. Shamal no ha acudido esta noche pasada. Musafir miró al norte, y vio su hueco en el cielo. Por eso bailaba, y bailaba... relajado; incluso feliz. Y yo preocupado...

Algún día le exigiré a Musafir que me enseñe por fin dónde se esconde Yanub en el cielo... No quiero más disgustos de fin de año.

Incluso puede que le pregunte a Musafir qué pasó con Shamal; por qué no volvió a brillar nunca más...

Aunque esto último, desde luego, ya tendrá que ser contado en otro momento...

 

Es extraño: estoy realmente fascinado. Cada noche de invierno que he pasado junto a Musafir, he caído, voluntariamente o no, preso de este cielo rotundo que nos observa. Ni los ojos que he intentado mantener siempre bien abiertos me han enseñado toda la verdad. Al final, cautivo he claudicado esta noche, como siempre, bajo el encanto engañoso de las estrellas. Bajo el Cielo de Orión, de nuevo. Suerte que tengo a Musafir...

 

Igual que entonces...

Como entonces...

Como siempre...

Siempre brillará Yanub...

 

 

Ahora ya sé por qué dice Musafir que los años son redondos.

De momento, me conformo con esperar que 2008 sea, como me dijo al oído, un poco más verde que 2007.

 

 

 

 

 

15 de diciembre de 2007

El aniversario

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Musafir, como cada 14 de diciembre, tiene mucho que celebrar. Este año, igual que hace ya seis, diciembre ha venido especialmente frío.Viernes, igual que aquel viernes de diciembre de 2001. Tres o cuatro grados de temperatura en el exterior, pero más frío casi por dentro en el cuerpo de Musafir.

Noto que a pesar de la humedad heladora, Musafir está contento. Seis velas en el pastel. Bueno, no hay pastel. Pero yo lo estoy viendo: base de bizcocho relleno de mousse de chocolate. Todo él de chocolate. Y los ojos de Musafir se derriten entre mis pensamientos.

Hace seis años no hubo tarta tampoco. Hubo mudanza ese día. Apresurado iba Musafir por las calles, encogido en su chaqueta gris. Recorriendo una ciudad familiarmente ajena, y suspirando por por el peso de cajas llenas de demasiadas cosas viejas. Cachivaches que iba a dejar tirados, por fin.

No hubo tarta; ni chocolate para los labios de Musafir. Hubo partida de dominó en solitario. Hubo carretera, ya de madrugada, apretado Musafir por la nieve y hielo; ya no tanto dentro de su alma, pero sí en las márgenes y los arcenes de aquel camino nuevo; renovado.

Hoy también hace frío; hoy también es viernes; es 14 de diciembre. Seis años celebra Musafir. Hoy, el chocolate no se congela por el frío. Estoy con Musafir; devorando, (no ya con los ojos), sino a bocados, un enorme pastel de chocolate.