11 de octubre de 2008

Nieve en el corazón

nieve_corazon


Discover Placa Luminosa!



Unddur hadihi assura!

¡Mira esta foto!, le dijo en algo parecido a la lengua árabe la mujer.

El pobre muchacho no tenía ni idea de lo que la adivina le estaba diciendo.

La mujer llevaba un atuendo de lo más vistoso: el pelo largo, negro, ensortijado. Cubierto por un pañuelo violeta cosido a innumerables moneditas y medallitas plateadas las unas; doradas las otras.

Vestido liviano, de gasas semitransparentes, coloridas, que de tantas capas que llevaba parecía que la señora estuviera hecha de cera de abeja.

El chico tenía pinta de ejecutivo ojeroso trasnochado; de esos que llevan aún las zapatillas de deporte de un blanco inmaculado bajo un no menos impoluto traje de armani. Las evidentes ojeras de los ojos se los supondremos de no dormir. (En esta ciudad es políticamente incorrecto señalar como causa del insomnio a otro tipo de "nieve", que no sea exclusivamente la que cae del cielo). Y más si el no dormir, es la causa del fulminante éxito económico de sus habitantes.

Y allí estaban los dos, sentados en un pequeño aparador, en aquella esquina, junto al zarrapastroso mendigo que recogía cartones del contenedor, (luego dicen que este país no recicla), y al lado del vendedor callejero de shawarmas que despachaba varias de ellas, hablando en urdu, a dos chicas jóvenes.

¡Entonces, qué es lo que ves, bruja?

-¿Bruja?, ¿Lo dices en tono despectivo?. ¿Tú piensas que porque vaya así vestida, no tengo la misma categoría que los tuyos? ¡Engreídos occidentales!; ¡rubios, blancos y... jodidamente humillantes con todos los que son diferentes!

El joven personaje, algo espeso y contrariado, rectifica y se disculpa:

-Lo siento, "señora". Es que no estoy acostumbrado a bajar a la calle para que me lean el futuro... (ehem).

-Ya lo sé, hijo. Ya lo sé. Pero una tiene que hacer valer sus derechos. ¿No es este un país libre?. Bueno...

La pitonisa se muerde también la lengua, ante el jugoso olor del dinero que le espera por apenas unos veinte minutos de palabras...; siempre son palabras huecas; nadie en la ciudad vertical parece estar realmente interesado en el contenido de las predicciones; y ella tampoco suele porfundizar más.

-¿Qué quieres saber, muchacho?

Y el chico le muestra de nuevo la pequeña foto que provocó el asombro de la adivina, mientras le mira fijamente a los ojos.

-¿Qué ves, señora? ¿Tengo buen porvenir?

La mujer toma la foto, echa un vistazo rápido, la soba entre sus manos, cierra los ojos, y empieza a soltar su letanía ya desgastada por la rutina:

-Veo una persona ilusionada; transparente. Tendrás éxito en los negocios; buena salud y...

En ese momento la adivinadora medio abre el ojillo, y descubre que el chaval está con la cabeza levantada, y los ojos perdidos en no se sabe dónde.

Aprovechando esta ausencia del chico, se fija un poco más en la foto, y empieza a cambiar el tono de su voz:

Veo..., veo desconfianza.

Mirada perdida también. Confusión.

La mujer, entra en trance, y ya no puede detener que salgan sus palabras de manera casi automática:

Hay una playa; Mucha humedad; El sol se está poniendo.

No veo sus ojos; Ahora sí; Ya sabes de quién hablo, ¿no?

El horizonte; pero, ¿por qué mira al horizonte? Siempre mira a lo lejos. No viene de frente. Cuidado chaval, cuidado.

Ahora te veo a ti, echado en la nieve.

Eso no es agua; No, no me des licor, ¡no lo soporto! Me pongo muy tonta...

¡Hace un frío del diablo! Te vas a mojar completamente. Pero el calor te quemará, te lo aseguro.

Todas tus fotos, amigo; Hay una mujer de pelo negro que está viendo todas tus fotos. Y no está en tu casa. Es una casa de campo. Hace poco que había llovido y por eso el monte está precioso. Están celebrando una fiesta de cumpleaños.

Veo la misma foto. Esta que me has traído. La mujer del pelo negro te dice algo acerca de la foto. Y tú te pones triste.

Distancia; lejanía. Promesas de un sufrimiento futuro... No confíes, no confíes...

Amigo, lo único que me parece inofensivo en esta visión es la infusión de tomillo que te han preparado. (Con todo lo que tú y yo sabemos que te metes...)

¡Menudo desgraciado!...

¿Pero tú no querías saber cómo van a ir tus negocios?. Tú que sabes tanto de finanzas, te vas a quedar en números rojos. De ira; de daño. El corazón... ya sabes.

Aunque yo iría sacando también el dinero. ¿No dicen que hay crisis mundial? Broker, tú y los que son como tú habéis contaminado la banca mundial. Y yo no leo esa prensa económica infumable para darme cuenta de las cosas...

El joven está desconcertado. Perplejo observa los gestos en el aire de la señora que sigue con los ojos cerrados. Parece que dibuje objetos; que señale en el vacío.

¿Debo sacar mis inversiones de la Bolsa?, ¿díme? ¿Estoy seguro?, ¿estoy a salvo? ¿Hay algo más que deba saber...?

El hombre aparentemente está más interesado en el olor de todos sus billetes, que en el dolor de su cuerpo; o la pena de su alma.

La adivina vuelve en sí; respira profundamente, y después de recomponerse el pañuelo, toma de la manos al pobre chico, que la está mirando fijamente.

-Tú no puedes engañarme, muchacho. Ya sé lo que te preocupa. Cuando este temporal amaine, seguirá quedándote más que suficiente para meterte tu mierda blanca por la mañana. Pero el alma no se cura con nieve blanca, ni con billetes verdes.

¿Para qué has venido, muchacho? Nadie me había descolocado tanto como tú.

El chico está visiblemente alterado, y no abre la boca.

¿No hablas?. Claro. Qué vas a decir tú. Yo te lo diré. Tú ya lo sabes. Sólo buscabas a alguien que te confirmara lo que ya conoces...

¿Qué quieres que te diga yo? Una pobre gitana de Europa del Este, abandonada y maltratada por su marido... malviviendo en esta ciudad; que apenas habla bien "tu idioma" como decís en todas vuestras patéticas películas...

Solo puedo decir que tu cuerpo y tu alma no están a salvo de esta crisis. No mires a las oficinas, allá arriba, en esos edificios-fachada. ¿No te has dado cuenta? Están tan huecos como tu corazón. Y eso no lo arregla ya la Reserva Federal ni el Banco Central Europeo...

La crisis que tú padeces no te la arregla las juergas nocturnas que te pegas. Me da igual si devoras corbatas o faldas rebozadas en polvo blanco cada noche, antes de entrar en tu oficina. Pero tu corazón está en grave peligro. El del cuerpo y el del alma. Tú mismo...

Yo te diría que para sanar el corazón de tu cuerpo dejes de "esquiar" tanto por la noche; ya me entiendes...

Y para el alma, no se me ocurre remedio fácil.

La mujer se enciende un enorme puro, y mientras va prendiéndolo, toma la foto que el chico le dio al principio.

-Mira, para empezar, te voy a quitar un peso de encima, quemando por ti esta asquerosa foto. La tienes tan manoseada, que ya apenas se os distingue en ella. Esto seguro que empieza a aliviarte. Lo que te dijo la mujer del pelo negro, en aquella casa de campo, era cierto: ¿ves esta mirada, en la foto?

Sí... suspira el joven.

¡Anda que...! -vocifera entre dientes la mujer.

Esta sonrisa y esta mirada, son tan falsas como las acciones de tu empresa. Y es lo que te ha perdido durante todo este tiempo. Que no te digo yo lo que te harían, por cierto, tus hermanos blancos, esos, esos, ... cegados por no sé qué cosas de la fe y el "orden natural del mundo..." si te vieran así, como sales en esta foto... me entiendes, ¿no?.

No te avergüences... ¡lo que me faltaba por ver!. Tú, como yo, somos personas... ¡estáte orgulloso, amigo!

¡Si es que...! Al carajo con las libertades civiles de las personas! Eso debe estar pensando por lo bajo el presidente de esta nación... menuda nación. ¡Hipócritas...! Pero tú no te amedrentes, ¿eh?

Bueno, por lo menos, vamos a empezar eliminando traumas.

Y con el mechero, la adivina prende la foto, que se consume en unos segundos, ante la mirada entre pensativa y melancólica del chaval.

Anda, ¡márchate ya, muchacho!. Y reflexiona. Ordena tus ideas. Yo creo que podrás salir de esta. Quiero verte por aquí cuando todo acabe.

¡Eh!, pero antes págame, no te olvides... que solo de aire contaminado una no puede vivir en esta maldita ciudad... ¡jajaja!

El hombre saca de su billetera un enorme fajo de billetes; tiernos; huelen a tinta todavía. Y se los deja encima de la mesita a la pitonisa.

Espero volverte a ver, señora. -Dice el chico, algo más tranquilo, y visiblemente emocionado.

-Nos veremos, descuida.

Se hizo de noche en la ciudad;

Arriba, sobre las fachadas tan falsas de cristal tan falso como el vidrio de plástico, en los edificios más falsos de la ciudad más falsa..., una enorme pantalla plana vomita continuamente anuncios de todo tipo de productos: unos cuidan de tu línea; otros describen las virtudes de un nuevo terminal de teléfono móvil... Y por el margen inferior, una línea continua de números y letras, en rojo, va discurriendo rápidamente, desangrándose de derecha a izquierda, casi en un código sólo comprensible por los brokers que demabulan, abajo en la calle, preocupados por el olor a polvo de nieve que intoxica sus corazones... y el color del papel magreado de su dinero.

La pitonisa recuenta lo recaudado del día; y el vendedor de shawarmas hace lo propio.

Parece que a pesar de todo, el olor verde venenoso del dinero sigue vivo en el aire rancio y viciado de esta ciudad.

Bitácora de un navegante

Aquí está esta bitácora de un pequeño "navegante" más bien virtual que real; aunque ganas no me faltan ;-)) Musafir y yo tenemos un pequeño pacto: él vive las historias, y yo se las escribo, añadiéndole un poco de magia, si se le puede llamar así. Por lo demás, Musafir es de Castilla, aunque desde los 5 años aprendió catalán.