12 de enero de 2008

De nuevo, bajo el cielo de Orión

orion

 

Algún día le pediré a Musafir que me explique por qué los años son redondos, y por qué este año 2008 viene apeteciblemente más verde que 2007, (que fue desagradablemente naranja, según él).

Año nuevo, vida nueva, reza el dicho. Y es que Musafir no para de remarcarme cómo los humanos tenemos esa necesidad tan "humana" de anotarlo todo, de hacer balance, de comparar experiencias de un año a otro año, de sacar conclusiones... Y lo cierto es que muchas veces le doy la razón de esta sinrazón nuestra al respecto.

Lo confieso: mientras escribo estas líneas, yo también estoy haciendo esa reflexión. De todas formas, no voy a ser yo quien obligue al sufrido Musafir a hacer cuentas del año 2007. Coincido con él, eso sí, en que, a pesar de la luz cálida, 2007 era demasiado naranja para ser un buen año...

 

Musafir ha pasado la nochevieja al borde del mar. Literalmente: a dos metros del mar; sobre una roca, de pie.

Cansado ya de fiestas de fin de año tan llenas de confetti de papel y tan vacías de vida de carne y hueso.

Esta última noche del año ha regresado al mismo lugar; veinticuatro lunas después; ...que contar el tiempo en soles, le ciega la vista; y decir dos años, apenas parece un suspiro.

La noche tan húmeda como acogedora.

 

Igual que entonces...

 

En silencio piensa Musafir el tiempo que lleva filtrándose en sus huesos la maldita sal de este mar tan ajeno a su tierra; Y cuántos rituales de tránsito de un año a otro ha visto ya junto al mar; y sin embargo, ya hasta le encuentra el regusto azulado.

Debe ser por eso que esta noche aguanta con una media sonrisa, aunque sólo sea por presenciar, un año más, los fuegos artificiales que se lanzan desde lo alto de la impresionante fortaleza de la época de los romanos.

 

Negra la noche, como entonces...

 

Ya es la hora. Emoción en los gestos. Alza Musafir la mirada, entre melancólica y curiosa. Meditando en su soledad; de pie; en su roca que ya es casi castillo impenetrable al pie del mar. El cielo no media palabra. Solo aguarda; intuye. Pero Musafir sabe que ahí están. El viento seco de poniente no permite excusas: Firmamento cristalino. Y hacia el sur, en lo alto, brillan las estrellas.

Y Musafir se prepara: copa de cava en su mano; respiración agitada. Son apenas unos segundos;

Cierra Musafir los ojos, aprieta las manos... apenas oye las olas rompiendo junto a la orilla... Sueña Musafir, sueña...

Con los sentidos aturdidos, su cuerpo se desparrama, y su alma vuela al encuentro de Yanub, su estrella meridional secreta. No; no me pidáis que os la sitúe en el firmamento. Pero Musafir ciertamente la está viendo. 

 

Igual que entonces...

 

Noche de renovación; hay juego nocturno, con un pie rascando los últimos suspiros de un año que muere, y otro queriendo bailar al son del nuevo. La música poco a poco moja los oídos de Musafir. Sí; aquí vienen; ¡ya bajan! El Can Mayor le lame la cara; y el mítico Cazador, Orión, parece despreocupado; y sonríe amigablemente al perplejo Musafir. Orión no infunde el temor de aquellas primaveras de cacería cruel ya olvidadas. Lleva el arco, como no; y la espada firme cuelga de su cinturón. La rotunda flecha se ilumina bajo el brillo de las estrellas. Pero el Cazador no amenaza;  Y el Toro, que camina tranquilo más a la derecha, apenas se inmuta. Ya son noches y más noches de compañía junto a Orión. Mientras, Musafir se deja coger de la mano; se mece dulcemente en suave baile con todos estos actores nocturnos. Los conoce muy bien. Demasiado bien.

Estoy mirando al mar quieto. Y el reflejo del cielo sobre las aguas me deja boquiabierto: Aldebarán, que es la estrella constante que marca el buen camino sobre la despejada frente del tozudo toro, está algo revuelta; se agita; ha tomado de las manos a Sirio, que no cabe en sí de puro gozo dentro del Can Mayor. Y Betelgeuse, que apenas puede estarse quieta sobre los hombros de Orión, corretea entre los brazos de Yanub. Rigel, a los pies de Orión, interpreta los pasos de un baile aprendido hace miles de soles; y lunas. Embriagados danzan; danzan... hasta que llega la aurora.

 

Como entonces...

Igual que entonces...

 

Musafir está profundamente dormido. Y no me atrevo a despertarlo. Pero yo no estoy hoy soñando.

No.

 

Igual que entonces...

 

Pero algo se me escapa; sé que hay algo que no cuadra.

Yanub sigue mareando, divirtiéndose haciendo parpadear de emoción desbocada a Aldebarán y Sirio.

No voy a despertar a Musafir. Escribiré lo que he visto; se lo dejaré guardado para que él sepa lo que realmente ha pasado esta noche.

Para que sepa lo que realmente pasó aquella otra noche de fin de año...

Amanece ya;

Tengo los ojos enrojecidos. Musafir duerme plácidamente, sobre su piedra; en esa especie de alcazaba enigmática al borde del agua; ni yo mismo he podido acceder esta noche. Era demasiado cruel romper el encanto. Pero Musafir debe saber...

 

Dos años; veinticuatro lunas; setecientos treinta soles...

 

Deambulo esta mañana de año nuevo en silencio. El mar me mira apacible en este invierno aún blando. Recuerdo los ecos de la anterior noche que se me borra; así como sus brillantes luces. Como las de aquella otra noche también...

Me sigue atormentando; pero es que no quiero recordar aquella noche vacía nunca más. Pero ahora recuerdo que Musafir no estaba solo... Yanub, y ...

¡Claro, era eso!

¿Cómo no me di cuenta antes de ese detalle?

 

A diferencia de entonces...

 

¡No todo ha sido igual!

Hubo otro actor nocturno; hubo otra estrella; hace dos años...

El mismo escenario; el mismo ritual... La noche casi me deslumbra y confunde con sus acertijos. 

Y creo que Musafir sí lo sabía. Siempre lo ha sabido. Por eso parecía tan sereno, a pesar del trance del sueño.

Era Shamal; la estrella del Norte. Shamal no ha acudido esta noche pasada. Musafir miró al norte, y vio su hueco en el cielo. Por eso bailaba, y bailaba... relajado; incluso feliz. Y yo preocupado...

Algún día le exigiré a Musafir que me enseñe por fin dónde se esconde Yanub en el cielo... No quiero más disgustos de fin de año.

Incluso puede que le pregunte a Musafir qué pasó con Shamal; por qué no volvió a brillar nunca más...

Aunque esto último, desde luego, ya tendrá que ser contado en otro momento...

 

Es extraño: estoy realmente fascinado. Cada noche de invierno que he pasado junto a Musafir, he caído, voluntariamente o no, preso de este cielo rotundo que nos observa. Ni los ojos que he intentado mantener siempre bien abiertos me han enseñado toda la verdad. Al final, cautivo he claudicado esta noche, como siempre, bajo el encanto engañoso de las estrellas. Bajo el Cielo de Orión, de nuevo. Suerte que tengo a Musafir...

 

Igual que entonces...

Como entonces...

Como siempre...

Siempre brillará Yanub...

 

 

Ahora ya sé por qué dice Musafir que los años son redondos.

De momento, me conformo con esperar que 2008 sea, como me dijo al oído, un poco más verde que 2007.

 

 

 

 

 

Bitácora de un navegante

Aquí está esta bitácora de un pequeño "navegante" más bien virtual que real; aunque ganas no me faltan ;-)) Musafir y yo tenemos un pequeño pacto: él vive las historias, y yo se las escribo, añadiéndole un poco de magia, si se le puede llamar así. Por lo demás, Musafir es de Castilla, aunque desde los 5 años aprendió catalán.